Capítulo 4

En algún punto indeterminado su cerebro se fue apaciguando, para quedarse dormido, lento y persistentemente, como un pastor que deja de preocuparse por el rebaño, tirado tras el seto, con su roído sombrero cerrando los ojos para recibir los tibios rayos del sol.
─ Hasta que una voz femenina lo despertó.
─ Señor Samuel. Estamos aterrizando en el aeropuerto de Londres. El mayordomo del Sr. Harry lo espera en un automóvil para llevarlo al Castillo.
Llegaron a Londres a las 5:30 am normalmente tomaría un bus de la Greyline para llegar a Eton Central, o un taxi, para ir a la mansión que se encontraba a unas 87 millas del aeropuerto hacia Castle Combe.
Pero en esta ocasión le habían enviado a un chofer.
La casa de Harry era una construcción del siglo XI, pura piedra, y prácticamente una fortaleza. Durante el trayecto, dieron un rodeo a la inalienable torre del reloj, y pasaron junto al castillo grande, ahí había entrado muchas otras veces, para participar en reuniones con importantes personalidades generalmente acompañados por todo un séquito, había pisado esa escalera con la afamada alfombra roja, de la relumbrante residencia oficial, paseado gnósticamente por todos esos alrededores, y engullido todos esos rincones, pero en esta ocasión, pasaría de largo, pues la casa de Harry Grifol, se encontraba alejada en un lugar poco accesible, pasando la abadía.
22
Durante el trayecto en limusina, mientras el chofer tomaba la M23, para incorporarse cautelosamente después de un buen rato a la intersección en la M4, Samuel se relajó, ¿qué otra cosa se puede hacer durante esos solitarios recorridos?, siguió ensimismado en sus pensamientos.
 ¿Por qué me pasa lo mismo con el concepto de VERDAD?, ¿qué es la verdad?, ¿que acaso no es la que es para cada uno?, me enfada que me digan eso, o que pidan que lo jure porque es verdad, cuando la verdad es tan cambiante. O el tema de la JUSTICIA, que fastidio con esos que se inmolan, y se cortan las venas por la justicia, la justicia la aplicamos cada quién a conveniencia. ─ Decía Samuel, y se lo reafirmaba cada vez que podía, para justificarle sus propios actos, a su propio cerebro.
De pronto el celular iluminó la pantalla, no porque fuera una llamada, sucedió más bien que una línea de la batería se había agotado, e hizo que se encendiera por un segundo la pantalla y apareciera la fotografía de Corina Angelini como papel tapiz. Lo que le hizo relajarse y sonreír. Y desviar sus pensamientos.
─ Me reí tanto, cuando ella me dijo: ─Yo también infiero en que la maldad del hombre en aquellos tiempos era por su carencia evolutiva, ─ Y me explicó tantas cosas del cortex prefrontal, y neurocortex que yo desde luego no entendí. Sin embargo, ella siguió explicando.
Mientras yo la miraba con atención a los ojos, vislumbrando de vez en cuando aquella boca que se me antojaba tanto besar. Y ella seguía diciendo, que:
23
─ La falta de cognición. Por ejemplo: Quien dice que hacer el mal hoy día es lo de moda, sin duda, su cerebro no le alcanza para ver que eso nos llevaría a la extinción ─ Según ella y daba otro sorbo a la fulgurante taza de café, acompañándola con bocaditos diminutos de pan de jengibre con miel, ella seguía obsesa con sus propias, divagaciones. Y abría los ojos, levantando las cejas, con un lenguaje verbal que mostraba excitación.
Cuánto me hacía reír con todas sus conjeturas, yo las tildaba de divertidas ocurrencias. Sin duda que me agradó conocerla de inmediato, y cuánto me gustaba oírla hablar de todo aquello. Y cuando me dijo:
─ Lo que me interesa es el otro tema, descubrir lo que cada uno ve, un mundo diferente y las implicaciones que esto tiene, porque cada uno juega con su lenguaje de manera distinta parece que vemos lo mismo y hablamos de lo mismo, pero no.
Y cuando me dejó, porque estaba haciendo un estudio para “Analizar el impacto, del incremento de casi 3 mil millones de nuevos consumidores de clase media, en la economía y en la ecología para el 2030”. ─ No lo pude evitar, morí.
¿Pues qué acaso no se daba cuenta que lo que importa es aquí y ahora?, esto lo saben muy bien quienes dirigen los países y se dedican a la política, y que son quienes más buscan su bienestar inmediato. Pero eso sí, que era graciosa con tanto cuento, nunca supe de dónde sacaba su arsenal de ideas, yo la miraba siempre atento, aunque esa vehemencia no daba más que para reír hasta que doliera el estómago. ─ Recordó Samuel.
24
Cuando la limousine dobló la alameda, recordó ese día escuchando a un sacerdote dar un filosófico sermón acompañado de una orquesta, y un angelical coro, sin saberlo con sus palabras, convenció a Samuel de algunas cosas que él ya venía asimilando.
Así fue como se decidió a proponerle a Corina “una vida juntos”, y se cambiaron a una casa cerca de un irresistible y sensual, claro boscoso para tener privacidad.
En esa bella ataraxia, se encontraba un terreno con un clúster de ocho casas, cada una separada de la otra por enormes jardines con árboles de troncos marrones enmohecidos y cubiertos de hiedras, con un salón al centro, con sus paredes y techos decorados, y un amplio estacionamiento, todo muy rústico de carácter, como piedra de litografía, pero sobre todo con mucha seguridad.
De un sábado al otro ya estaban ahí, la casa tenía algunos arreglos muy serios de piedra caliza, pero Corina supo darle ese toque de lujo seductor.
La tarde era fría, se abotonó el abrigo, aspiró la última bocanada de aire fresco, antes que se convirtiera en viento helado, y cerró la ventanilla. A ella la conoció en la escuela Grantchester University de psicología, los dos tenían estimaciones diferentes del aprendizaje, él quería aprender estrategias de control mental sólo por curiosidad, aunque nunca se lo dijo, y a ella se le daba eso de querer ayudar a la gente. Desde el principio le pareció muy guapa, simpática, y elocuente en su discurso, en general siempre opinaba algo que le resultaba revolucionario, un punto de vista
25
radical que no admitía mucha conversación por lo odiosamente contundente, y lo dejaba a uno siempre con esa sensación desagradable de no poder debatir, o refutar. Ese era precisamente el mayor defecto de Corina, tomarse las cosas demasiado en serio. Samuel aceptaba, para sus adentros, algo, que no era capaz de reconocer tácitamente en el exterior, que ella con sus ideas podía ahorrarle a él, o incluso a cualquiera, doce años de estupidez, la mayoría de las veces. Era de todos conocido que Corina, tenía pocos puntos extras del test de IQ, lo marcaba una gran diferencia con el resto, eso era innegable. Como él iba terminando la carrera cuando ella iba entrando al Doctorado en neurociencias de la conducta, en el Centro de Educación Médica y Bioética, en la misma Universidad, personalmente no se hablaban, y no pretendían involucrarse uno con el otro, aunque claro que a Samuel le hubiera gustado, porque Angelini sí que resultaba irrefutable y definitivamente muy bonita. Cuando se conocieron, y se fueron a vivir ahí, su casa era simple, pero ella supo darle un toque equilibrado y cálido, que al entrar no podías menos que admirar la sofisticación del lugar, y detenerte a observar todos los objetos, un shezlong de seda gris perla con una piel artificial en rosa brillante, junto a un sillón grande de terciopelo verde, matiz olivo, y cojines color beige con unos ribetes orlados o grecas en marfil cobrizo y dibujos geométricos
26
rosados. A espaldas de este sofá, un cuadro de alas doradas que realmente parecían grabadas en oro, y que trajo de alguno de sus innumerables viajes a la India o Shanghai, en una de las esquinas una columna de piedra de cantera negra en una sola pieza, degastada estilo vintage que habían dejado ahí los antiguos inquilinos, y un ventanal que daba a un jardín que no lograbas notar los límites fronterizos entre el jardín y el obstinado bosque, afuera un montón de leña que alimentaba la chimenea, cada rincón de la casa transmitía sensaciones, el piso de madera tradicional antigua color nogal, la alfombra gris, los cuadros de arte abstracto, y en la noche las luces de las cálidas lámparas destellaban sobre todo en la mesa de cristal donde descansaban plácidamente algunos libros, él nunca se preocupó por el diseño, hasta que llegó ella, con esos argumentos de la trascendencia estética, un alma de artista, y por si fuera poco, argumentando eso de que, “la relación objetal era importante”, y le gustaba evaluar eso de la relación costo-beneficio, decía que cualquier compra era una inversión, y que por lo tanto un objeto debería cumplir ciertos factores, tener al menos dos funciones, que su calidad fuera buena y estuviera acorde con el precio, que combinara con todos los objetos que ya existían, y que fuera durable, con diseño atemporal que no pasara tan rápidamente de moda, decía que las cosas no deberían tirarse pronto, puesto que en su elaboración estaban involucrados tanto recursos naturales, como energéticos, y por lo tanto apostaba siempre a materiales fuertes y durables. En primavera le gustaban los fruteros con manzanas amarillas, y una roja, y así tenía una serie de conceptos para casi todas las cosas. ¡Estaba loca!
27
En Alpha City era considerada la “pepita de oro”, casi siempre estaba inmersa en una vorágine de actividades y proyectos, siempre queriendo ayudar a otros y “cambiar al mundo”, vivía casi siempre en una especie de psicosis de pura felicidad, su mundo era así, algo que yo comenzaba a envidiar, dormía siempre a pierna suelta, y escribía en un diario todos sus sueños describiendo las imágenes como si quisiera alcanzar los máximos ideales literarios, se divertía con ¡todo!, por ejemplo analizando sus arquetipos, y sus propios constructos oníricos personales, en su cerebro, tenía todo lo que se te pudiera ocurrir, desbordaban tal imaginación creadora. Yo siempre esperaba la siguiente entrega como si de una suscripción a exclusiva magazine se tratara, en sus figuras, y en sus asociaciones, y en esas raras metáforas freudianas, aunque siempre pensé que en esas novelas cortas que se armaba, escondía alguna especie de claves secretas. Le encantaba la música, en concreto analizar los efectos dopamínicos de ésta, que siempre consideró su droga favorita, no tenía muchos amigos, pues se la pasaba analizando en el laboratorio, y ayudando a todas las personas que podía sin pedir nada a cambio, de hecho, ni un agradecimiento, no era como nosotros, que ayudamos por socializar, o por ganar algo en el intercambio. Ella era bella, como las ideas de un poeta, nosotros por el contrario solemos repetir, a los beneficiaros de nuestros favores, a veces exagerando el costo económico o emocional, engrandeciéndolo, para hacerlos sentir en
28
deuda, y recordándoles a cada momento, aunque sutilmente, el pago de regreso a la primera oportunidad.─ Pensó Samuel. Siempre me pareció un bicho raro, digno de estudio, ella pintaba sobre sus propios cuadros, no hablaba de realidades, las creaba, ─ Qué raro, pensó Samuel. Quien, para este momento, ya estaban cruzando una autopista con un panorama algo más solitario, el magnetismo de aquellas lejanas tierras, y los viajes largos, le obligaban a repetirse las cosas en la cabeza como un loro. Cayendo en un escollo de torrencial auto psicoterapia.  Qué raro. A mí por el contrario me gusta medir a la gente, siempre estoy riendo y contando anécdotas fabulosas y exageradas, para tratar en todo de omitir tener que hablar claro, me da un gran placer cuando me salgo con la mía, aunque sólo sea por manipular, sentir ese poder, esa oclusión de cerrar y controlar, probar cómo puedo hacer que los otros más o menos fácilmente se convenzan de hacer lo que yo quiero. ─ Samuel seguía pensando con ese aire de superioridad. Mi vida y mis relaciones siempre son una constante competencia, vivo y sueño en ello y para ello, me llena de felicidad el hecho de poder ganar, aunque no gane nada, sólo sentir que le quité algo a alguien en cualquier intercambio, incluyendo el de una simple sonrisa superficial.
29
─ La limusina por fin, tomó un camino recto, así que lo único con lo que podía fluir, era fantasear y pasar el rato, distrayéndose en mezclar sus pensamientos con los abetos y el follaje del paisaje.
─ Aún recuerdo el primer día que la vi, después de acecharla un rato, me dispuse al acercamiento, así que choqué con ella “sin querer”, pero con todo calculado, realmente quería imitar una de esas escenas de películas, que a las mujeres tanto les gustaría protagonizar, así que colapsé contra ella, con todo propósito de tirar sus libros no podría haber salido mejor cayeron liosamente y ella abrió sus gigantes ojos verdes, y abrió la boca en señal de susto y sorpresa, aproveché con cierta gracia y ventaja para rozar mi cuerpo contra el suyo, quedando por casualidad su piel apresada entre mis brazos, y dije perdón, haciendo una genial actuación, le dediqué una mirada lasciva y una sonrisa apenada, mientras mis compañeros miraban desde el otro extremo del patio si yo “pasaba el reto”, ella se sorprendió por mi atrevimiento, pero pareció no haberse molestado demasiado, la tenía en la bolsa, como todo un caballero, fino y educado, cuidando de no arrugar mis finos pantalones, moviendo mi cuerpo de manera varonil me incliné sin dejar de mirarla a los ojos, comencé a ordenar sus libros, lápices de colores, y diminutas figuras de flores y otros artefactos de esos que suelen tener las mujeres, le entregué todo y me ajusté el saco por las líneas del planchado, esbocé una sonrisa a la vez que retocaba mi peinado con los
30
dedos de las manos, crucé unas frases con ella y le pedí que me disculpara, para acto seguido permitirme acompañarla.
Después de eso, caí en mi propia trampa, y no pude dejar de verla. Una vez… ella me preguntó
─ ¿Crees en Dios? ─ Pues así muy creyente tan devoto, me quedé un instante dubitativo, algunas veces antes de contestar trataba de encontrar en mi equipaje de rebuscados archivos, algunas conversaciones antiguas, pues me gustaba responder lo que las personas querían escuchar, pero si no encontraba nada, me daba el lujo de ser más o menos sincero ─ y le contesté finalmente sí, creo que todas las cosas pasan porque él lo dice, o lo indica, o algo así ─.
─ ¿Crees que cuando morimos vamos al cielo o al infierno? ─ No. Ni lo sé definir, no ni idea.
─ ¿Dios perdona, o no perdona?, ─ Si cuando morimos, no vamos a ninguna parte, no existen consecuencias de lo que hagamos aquí.
─ ¿Existe el infierno?, ─ me preguntó, ─ y yo le respondí al segundo, ¿Lo conoces?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s