Capítulo 21

Con sus ojos libidinosos, y los labios húmedos, entreabría las piernas con su vaporosa falda cayendo como borrascosa cascada transparente bordeándole los ardientes muslos.
Creo que en general solía ser poco “discreta”. Samuel, hizo el vino a un lado y se preguntó ¿por qué ella siempre le hacía lo mismo?, no era que no le gustara, aunque a veces la hubiera preferido más sumisa. Sin embargo, eso lo hacía excitarse en segundos, no podía evitarlo.
Se acercó para darle un beso, y ella gimió, mientras él le introducía los dedos en las bragas, tocándole sus partes, ella dejó escapar un jadeo de inmediato, los labios se endurecieron, y él siguió acariciándolos, circularmente, al momento lubricaron poniéndose más ardientes, él se sentó en una silla y la atrajo sobre sí, la cargó sentándola sobre su regazo, y la comió con los labios y la lengua, durante un buen rato.
Mientras la mordía, le tomó con fuerza la cintura, pudo percibir su estremecimiento como olas de calor, ella comenzó a gemir de manera provocativa y a mover sus caderas con un ritmo acompasado, él sintió la sangre de su miembro congestionándose, más y más mientras la besaba.
Tú y yo moriremos algún día de lo mismo, le dijo Samuel a Corina. ─ Mientras la mordía jalándole el labio.
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La levantó, abrazándola, amortajándola con su propio cuerpo, mientras se quitaba la camisa, sin dejar de besarla, él la comía, y la mordía.
En un momento ella le dio la espalda y se quitó el vestido, arrodillándose por propia voluntad frente a él, cubrió su pene con la boca rosándole con la lengua, aquello era deliciosamente excitante para Samuel.
Desnuda como estaba se levantó y se tumbó nuevamente sobre la mesa, boca arriba, abriendo las piernas, Samuel le quitó las bragas y la incorporó jalándola hasta el borde, ella no dejaba de tocarse, gimiendo, Samuel haló sus piernas apoyándolas contra su pecho, agarrándola por los tobillos mordisqueándole los talones, sus caderas quedaron a la altura idónea, Samuel se agachó y comenzó a besarla, ella estaba lúbrica y excesivamente excitada, jadeaba.
Samuel se incorporó para penetrarla, estaba ardiente y húmeda, a él le gustaba castigarla un poco, ella lo envolvió con sus piernas a la altura del torso apresándolo, aquello era desesperante, mientras el iris de sus ojos se volvía más lujurioso, brillante y cristalino, Corina cerró los ojos, emitiendo un gutural gemido, él supo que era momento de terminar aquel juego tortuoso, porque ella ya no soportaría más, aquella potente necesidad de placer le arrebataba, le dio una embestida, por fin, para luego salir, y hacerla desesperar de nuevo, luego la embistió por segunda vez hasta el fondo, y comenzó de nuevo con movimientos cortos y suaves, ella apretó sus muslos para tratar de mantener el control, pero no pudo, así que Samuel la embistió de nuevo hasta el fondo, y ella comprimió su vagina contra el pene de
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Samuel en su interior, casi con un arrebato incontrolable, la sensación fue indescriptible, apretujada, estrecha, Samuel embistió con furia, varias veces más y estuvo así por un buen rato.
Con su pene adentro, la cargó, los pechos de Corina, de textura esponjosa y suave, quedaron oprimidos frente a su cara y comenzó a lamerlos; a un costado, había un sofá auxiliar, de esos como diván sin respaldo, la acostó sobre él, dejando sus caderas levantadas sobre el descansabrazos para que él pudiera ver el movimiento de su pene entrar y salir, penetrándole, luego levantó sus piernas, y ella puso un brazo angulado, sobre el que descansó su rostro, ella seguía gimiendo y Samuel comenzó a sentirse como un obseso, sobre el asiento del sofá, para este momento el sudor corría por su cuello de Corina, por el pecho y las mejillas rosadas, cerraba los ojos y abría la boca lanzando gritos lujuriosos, luego se arqueó tomando una bocanada de aire, Samuel se recorrió y situó sus rodillas entre las piernas abiertas de ella, comenzó a balancearla con suavidad de adelante hacia atrás, ella gimió murmullos incomprensibles, Samuel al verla así, tampoco aguantó más, sintió que lo invitaba a la más perversa imaginación y la embistió loca y compulsivamente, ella apoyó su cabeza sobre un antiguo cojín y mordía el borde, Samuel, volvió a recorrerse, esta vez puso sus rodillas sobre los hombros de Corina, y ella metió de nuevo su pene en la boca, lujuriosa, Samuel tuvo que hacer algunos movimientos para retardar la eyaculación, luego se acostó poniendo su cara sobre los pechos de ella y escuchaba hasta el palpitar galopante de su corazón, ella se dio vuelta y él se acostó sobre su espalda, terminó penetrándola por detrás ella apretaba los
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músculos de la pelvis, coordinando los movimientos con sus propios jadeos, y respiraciones profundas, en un momento, entró toda ella in articulo mortis, apretaba a Samuel, quien tuvo que cambiar de posición para inhibir la eyaculación y poder hacer aquello aún más placentero y prolongado, la envolvió de nuevo con su cuerpo, y para este momento ambos estaban gimiendo intensamente, con estertores respiratorios, por la obstrucción del flujo del aire, con rugidos crujientes, carraspeos y sibilancias producidas por el murmullo vesicular, luego de una clara y desesperada ingurgitación yugular, fue la clara señal, para Samuel de que en breve comenzarían a escurrir aquellos flujos hirvientes, por lo que Samuel decidió tomarla con impune determinación, y sentir toda la fuerza de su sexo, mientras Corina apretándole en contracciones de suprema opresión se dio cuenta de la satisfacción de haber terminado juntos. Al fin jadeaban y arqueaban sus cuerpos para recuperar el aire.
Se abrazaron y dejaron sus cuerpos descansar.
Mientras hacían esto volvieron a sentir el calor, y en segundos estuvieron listos para iniciar de nuevo.
No había quien pudiera saciar ese apetito constante entre ellos.
Corina se volteó poniéndose en cuclillas recogiéndose el largo cabello hacia un lado, levantó las caderas ofreciéndole la vista perfecta, al verla así, Samuel supo de su parte sólo cabía la resignada sumisión, y la imperiosa necesidad, al terminar este ciclo de desahogo sexual, contempló la belleza de Corina, de su completa y agotada desnudez, orgásmica, rebelde, y libre.
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Ella era ella, en sí misma, irresistible, y totalmente honesta y transparente hasta un punto en que resultaba chocante para Samuel, lo peor, lo realmente insoportable de ella, es que no tenía problemas con sus propias debilidades y sensibilidad. Mucho menos con su sensualidad, y esto era algo con lo que le era difícil lidiar a él.
Corina se quedó dormida, y Samuel también, sobre el diván abrazados, un ruido despertó a Samuel, era un ruido de la casa, de aquellas viejas maderas, se hinchaban con el calor, como su sexo hacía ante él ardor del cuerpo de Corina.
Samuel, la veía ahí tan débil, mientras por otro lado pensaba en como la mayoría de las veces, Corina era tan extremadamente emocional.
Sólo imaginarse que en algún lugar podría estar alguien viviendo una experiencia triste la absorbía, y odiaba la mentira y que cualquiera le mintiera, y odiaba que no se respetara la palabra empeñada, esto le repugnaba a Samuel, quien decía que Corina tenía un problema muy grave con las declaraciones, de amor, de gratitud, de si, no, o tal vez, el problema es que se las tomaba en serio.
Y además ella, era feliz con esto, generalmente era él quien tenía más problemas con la forma de ser de Corina pues en el fondo le hubiera gustado que fuera más fuerte.
─ En mis negocios, veo de frente a satanás demasiado seguido, por eso sé que el diablo odia a Corina por ser así, algún día se lo hará pagar. ─
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Reconocía que, por otro lado, había un Dios que la amaba, pues resultaba que, a Corina, las cosas siempre le salían bien.
Samuel comenzó a detallar cómo llevar a cabo su plan, mientras ella seguía dormida.
Cuando Corina despertó, recorrieron todos los escondidos lugares secretos. En fin, que no dejaron ninguno sin aprovechar cada uno de esos hermosos rincones privados, ocultos a la vista, salvo por algunas graciosas irrupciones, digamos “inoportunas”, que los hacían esconderse y reír.
El plan de Samuel estaba saliendo a la perfección, esa tarde les sirvieron helado de leche quemada, y brownies de chocolate, a la hora del té, y la cena también fue deliciosa, luego miraron televisión frente a la fogata de la chimenea.
A la noche, la volvió a tomar en la cama, Corina sin objetar nada, cerró sus parpados, y Samuel sintió su deliciosa carne y su estilizada pero voluptuosa anatomía, comprimiéndose hacia él.
─ Esto me encanta ─ pensó Samuel, ─ después de todo. Cuando no estaba cerca de ella, en todo momento y en todo lugar Samuel terminaba imaginándosela con todo el peso de sus caderas atormentando su abstinencia. Así que ahora no pensaba desperdiciar la oportunidad.
Lo hicieron de nuevo sobre el duvet. Cuando hubieron terminado, Samuel la cubrió con mucho cuidado.
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Él se levantó y se asomó por la ventana, pudo apreciar la inmensa soledad y obscuridad de aquel lugar.
Ella al sentir las finas y peludas texturas, volvió a tejer con su pubis intensos deseos sexuales, cuando volteó Samuel, ya estaba acariciándose.
Ella se había hecho inmortal para ella misma desde hacía mucho, hacía todo con la plena autonomía con la que solía hacerlo siempre, y mirándolo nuevamente, excitó aún más su cochina imaginación.
─ Para desambiguar, sólo diré que al día siguiente los despertaron los primeros rayos del sol, y después de una ducha, salieron a disfrutar de las espectaculares vistas.
De ahí partieron a Stocolmo, era un viaje de descanso necesario, navegaron por los mejores fiordos de Escandinavia, zarpando para llegar a las septentrionales ciudades de Europa.
Cuando por fin llegaron a Stocolmo y Samuel tuvo acceso a la bóveda, sus ojos le brillaron, al fin.
Corina le compartía sus resultados.

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