Capítulo 16

Luego indagaron más a fondo en su infancia. Cuando por fin, conocieron a su madre y pudieron entrevistarla también parecía una persona normal, e incluso “buena” persona, y hasta repetía mucho esa palabra de “honorabilidad”, cuando entraron en su juego, fue cuando descubrieron las grandes diferencias. Si ella era o no un antropomorfo no lo podíamos saber, hubieramos necesitado trasladarla al laboratorio. Marissa era un anecdotario viviente. Muchas personas aportaron historias interesantes para complementar el cuadro. Marissa estaba saliendo de la niebla. Cuando Marissa tenía unos 8 años su hermana le comentó que quería comprar una muñeca, este fue el hilo de marioneta con el que la convenció de ahorrar en una alcancía compartida, cuando nadie la veía, Marissa sacaba los billetes con un pasador, al poco tiempo su hermana metía el dinero, y ella sólo lo sacaba, la alcancía nunca se llenaba. Cambiaba algunos billetes por un puñado de monedas, para que su hermana no se percatara. Junto a esta historia se fueron acumulando más historias extrañas.
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Hasta que finalmente huyó de casa. Conoció a un ingenuo pretendiente a quien propuso vivir juntos, ella le pedía dinero para la renta, el cual religiosamente dejaba el susodicho en un cofresito, el dinero desaparecía y cuando él le reclamaba ella decía que seguramente algún ladrón había entrado, o que seguro él había pensado que lo había dejado ahí pero que en realidad nunca lo había hecho, tenía tantas justificaciones creíbles y aplicaba el gaslighting magistralmente, aun se atrevía a “darle” a modo de consuelo, una parte del mismo dinero que le había robado, desviando la atención que la señalaba como principal sospechosa, quedando como una pareja solidaria y cooperativa, él como todo un caballero por supuesto no aceptaba el dinero de “ella”. Cuando él, finalmente comprobó los hechos casi por casualidad, como suele suceder en estos casos, ella, lejos de sentirse apenada, lo abandonó, para irse con otro. A éste lo convenció de irse a trabajar a otro país, para que le enviara más dinero. Cuando se fue, él la dejó en la casa de su madre creyendo que eso sería una especie de “seguro”, conforme recibía el dinero ella lo gastaba todo, y luego se paseaba con otro chico en un taxi, cuando la suegra le reclamó, Marissa le dijo que tomaba el taxi por razones de seguridad, hasta que un día la suegra la descubrió casi teniendo relaciones sexuales por dentro del portón de su casa con el supuesto taxista, (Marissa estaba en camisón
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cogiendo con el tipo, gimiendo y gritando como una gata en celo), pero la versión final fue que él, era un compañero de trabajo al que solo había abrazado dándole el pésame porque había muerto su madre, versión que defendió a capa y espada hasta que la propia señora dudó de su cordura.
Es un caso muy concreto y bien conocido en juicios de asesinato, un ejemplo real, en que todas las pruebas apuntaban a uno de los peores asesinos de la historia, el asesino negó todo hasta el cansancio, (como cuando un hombre engaña a su esposa y comienza a negarlo), la negación llega al cerebro de la esposa, al de los jueces, en el caso del asesino, y se anida en ellos capa sobre capa de mentiras, y creando tal confusión que la esposa o el jurado, incluso abogados muy bien formados, comienzan a dudar incluso hasta de sí mismos.
La verdad tiene muchas versiones, la suegra de Marissa lo supo demasiado tarde, no supo cómo, lo que, en un principio eran hechos “comprobables” poco a poco se fueron convirtiendo en “versiones de los hechos”, y más tarde en “malos entendidos”. La suegra murió poco tiempo después, luego de haber vivido en el infierno de Marissa, falleció en extrañas circunstancias. En el velatorio Marissa no rezó, incluso le venía la risa en alguno de los momentos menos oportunos del funeral. La mascarada que usa el antropomorfo de una supuesta “confiabilidad”, es algo que lo vuelve completamente “invisible” para el resto.
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Por otro lado, ellos nunca olvidan las afrentas, ni las dejan pasar. Por el contrario, harán creer a otros que son pacientes y considerados, pero cuando bajen la guardia, sucederá algo inexplicable, un extraño accidente, a la víctima, sus cercanos, o a alguno de sus bienes, es de lo más común, un rayón en el automóvil, y triangular la culpa a un tercero. Ahí se percató Corina que era verdad lo que decía Jaques, que las casualidades no existían. Marissa iba a fiestas con muchas amistades, cogía las joyas de la casa, a sabiendas que el anfitrión sospecharía de todos, y la culpa no recaería en nadie, fue perfeccionando sus técnicas, para lo que era importante hacer dos cosas, la primera tener la mejor imagen ante el anfitrión de modo que incluso si él sospechaba de alguien fuera de todos, menos de ella, se convertía primero en su mejor “amiga”, el segundo requisito es que ella misma iba conduciendo la atención sobre la persona a la que ella quería que inculpan posteriormente, iba sembrando pistas falsas con comentarios sutiles en los días o meses previos, les decía frases inocentes y las apuntalaba en su psique ¿supiste que su hijo ha estado enfermo? Generalmente buscaba direccionar las sospechas precisamente a las personas más ingenuas, inocentes o vulnerables. A menudo la persona inculpada se quedaría repentinamente sola, y ni siquiera imaginaría la razón de este cambio repentino en todos a su alrededor. Pero Marissa era “perfeccionista”, remataba la obra teatral con un “probablemente tuvo la necesidad de robar para comprar los medicamentos a su hijo”, lo decía condescendiente, y hasta abogaba secretamente por el perdón,
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quedando además como una persona misericordiosa y buena, desviando la atención del verdadero culpable, ELLA.
No sólo eligen bien a sus víctimas, por ser las más débiles y fáciles de inculpar, sino que en el fondo subyace una más grande razón, era a ese tipo de personas a quienes más odiaba, las odiaba de hecho, por la única y simple razón de que ellos tenían sentimientos, y por lo tanto podían sentir, esas cualidades eran precisamente las que ella tanto buscaba.
Marissa podía imitar las sensaciones humanas, pero carecía totalmente de ello, no logró desarrollar los sentimientos nunca, en el fondo aspiraba eso que no podía tener, creo que hubiera dado todo por saber cómo se sentía “sentir”. Recordé la película de Hannibal Lecter no puedes ambicionar lo que no puedes ver. Ella había ambicionado lo que veía en otras personas. Así escondía su dolor de no poder confiar como lo hacen todos, sentir amor como lo sienten los demás, compasión, o confianza. Debe ser duro vivir una vida así. Para ella el simple hecho de que alguien creyese en el amor, era la prueba fehaciente de que no había “sufrido” lo suficiente, y eso no era justo para el resto. Los antropomorfos, consideran casi un “deber” hacer sufrir a los demás. Por lo menos, tanto o más de lo que ellos sufrieron o sufren. Por eso se dicen instrumentos del plan divino y piensan que tienen una autoridad sobrenatural para castigar. Pueden decir “creer” en Dios, pero sólo como mero instrumento.
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El principal foco rojo era la envidia, y no es extraño, después de todo el primer pecado cometido había sido por envidia, Satanás envidiaba a la nueva creación del Señor, la mujer, capaz de dar vida, ¿no es así? Algo que ni su criatura más perfecta Lucifer, podía hacer. Y luego Caín quien había matado a su hermano, también por envidia, el gen estaba replicándose, generación tras generación. Los antropomorfos casi nunca se atreven a ser impulsivos delante de testigos, principalmente para no ser catalogados de “locos” o “conflictivos”, ya que su mascarada y principal atractivo es precisamente parecer “confiables”. Otra estrategia de Marissa era decir sus planes, sus planes rimbombantes siempre incluían hacer algo, que no haría cualquiera, “tengo tantas ganas de poner un asilo para cuidar ancianos”, “me gustaría ayudar a la gente, de algún modo”. “Seré famosa cuando escriba una novela”, aunque jamás se sentaría ni a escribir una página. Y así, nunca había hecho nada por nadie, casi ni por ella misma, pero quería hacer todas esas cosas… en apariencia. A menudo era precisamente Ishiguro quien atraía y transmitía la verdadera confianza, es decir, justo lo que ella necesitaba para su delicado trabajo. Y desde luego cuando encontraba a otro antropomorfo en su camino, lo podía oler a kilómetros, prefería darse vuelta e ir a buscar a alguien más.
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Por eso las personas buenas, o ingenuas, son el tipo de presa que siempre busca el antropomorfo, los inocentes no saben por qué siempre terminan atrayendo a este tipo de parásitos, y es que, aunque cambien o tomen algunas precauciones, es la forma en que las personas inocentes huelen, es la sangre la razón por la que son identificados por estos “vampiros” predadores. Ishiguro pasaba por alto todas estas trivialidades y discordancias por tres razones, la primera porque nunca parecieron ser ese tipo de cosas de las cuales preocuparse, la segunda por respeto, porque a menudo no estaba interesado en meterse en la vida de los demás para “inducirlos o controlarlos”, mucho menos en la de Marissa a quien le daba libertad de gestión, y la tercera porque en el fondo le daba ternura ver que no había logrado encontrar un equilibrio en su vida para vivir en concordancia, y en congruencia. Otro interesante rasgo que descubrimos, es que cuando Marissa quería algo, era sutilmente insistente, como un infante tirando del delantal de la madre, diciendo tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre. No sentía nervios, miedo, ansiedad. Y si quería que alguien se las pagara, lo primero que haría sería demostrarle un enfado explosivo e intimidante, aunque el enfado se acababa pronto, cuando acababa la actuación, y después seguía como si nada. Sabía muy bien como representar cada sentimiento, pero no sentía NADA en realidad… era un vacío existencial el suyo.
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Quienes han sentido el poder del amor, saben que es una energía que mueve el cielo y el mar, pero ella… nada. No sabía cuándo era apropiado llorar o alegrarse. Y cuando lloraba casi nunca le escurría una lágrima. Lo de ella era simular algo así como un moqueo. ¿Qué es lo que sienten, entonces? ─ Preguntó Bill ¡Nada!.─ Respondió enfáticamente Corina

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