Capítulo 13

Del otro lado del mundo, ajeno a todo lo que sucedía, se encontraba Samuel, ya había terminado de trabajar.
Frente a la fogata de una rústica chimenea, indefenso ante estas llamaradas iridiscentes y chispeantes, entró en relajación como un hipnotizado.
Vinieron a él los recuerdos de sus días de niño. ─ yo un día, realmente fui niño ─ Pensó Samuel
─ Y cuando fui niño, recuerdo que no veía las flores, ni los paisajes, a mi lo que me gustaba eran los pinos. Cuando iba al parque a jugar, algunos árboles llamaban mi atención, pero no todos, ese de las manzanitas rojas que a veces comía. ─ A lo lejos escuchó, que el servicio de seguridad, había soltado los perros, que se encargaban de resguardar la mansión.
Se asomó por la ventana y pudo verlos. A Samuel, le gustaban mucho los perros más que los humanos, se debía sin duda a aquella vez en que sentado en la reja esperando el regreso de su padre quien, por cierto, jamás regresó, se quedó dormido, agotado de tanto llorar, el único que le confortó mirándole con compasión fue el negro, tal vez por eso le gustaban tanto los perros, más que los humanos. En general, todos los animales.
─ Un día vi una rata y nació en mi cargarla, me pareció un animal común y corriente, quizá porque lo confundí con un conejo, yo desde niño fui un líder,
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inventaba juegos extraños, me gustaba echar agua a los agujeros de los hormigueros. A todos los niños les gustó mi juego y estábamos divirtiéndonos mucho, hasta que llegaron sus madres con sus argumentos que les hicieron ver que las “hormiguitas” sufrían, ¿acaso no sufríamos nosotros también?
Quizá siempre vi el mundo como ese hormiguero, mis días transcurrieron entre travesuras y juegos. No es justificación, pero en esas condiciones no es difícil aprender que el amor, es sólo una palabra que se dice, y que no tiene más significado que obtener algo a través de ella. Lo que sí es raro, es que yo no me había percatado de esto, es decir que jamás me había cuestionado lo que era el amor. En mi mundo como en el de la mayoría, el amor no existe. Lo digo categóricamente. ─ Divagaba Samuel.
─ Pero, volvamos a los juegos de niño, y déjenme contarles que rompíamos vidrios, y en la azotea del edificio, brincábamos de jaula en jaula, tocábamos los timbres para echarnos a correr, a todos los niños se nos ocurrían cosas, a mí se me ocurrían las mejores, inflar globos con agua y aventarlos por las ventanas a los transeúntes. Un día jugamos en las vías de trenes en el barrio pobre, me gustaba ir a mover esa palanca para cambiar las vías, había riesgo de accidentes, pero no pensaba en ello, un día la dejaron sin seguro, y redirigimos los rieles, hasta que una señora nos fue a dar un sermón y nos golpeó en la cabeza.
─ En el edificio jugábamos en los pasillos, rompíamos vidrios jugando futbol, le pegábamos al balón que rebotaba en las paredes, y calculadamente como todo lo que yo hacía, iba directo a romper lámparas y ventanas, nos
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aventábamos de un sillón en desuso que tiró un vecino de los departamentos de arriba, y nos montábamos en él, para deslizarnos por la escalera, los más grandes me enseñaron esos juegos, se nos hizo fácil bajarlo de la azotea y nos íbamos rodando, también aventábamos piedras porque se había roto una bañera de las antiguas, hasta que una señora se enojó. Así que en vez de piedras se nos ocurrió tirar huevos, y ver cómo se estrellaban, a diario se nos ocurrían travesuras, que involucraban el molestar a otras personas, acordarme no me acuerdo bien de mi rutina, sólo que me levantaba, e iba a la escuela, normal como cualquier niño, como a las 11 o 12 pm cuando mi madre, llegaba de trabajar me hablaba, aunque rara vez llegaba temprano. De ella aprendí lo que sé, cuando alguna de las vecinas le contaba de mis travesuras ella me reprendía con palabras, pero al cerrar la puerta y ya en la intimidad, me decía algo como ¿de verdad hiciste eso?, con cara de satisfacción, moría de risa. ─ Samuel, recordó esas travesuras de su madre.
Nosotros siempre estábamos mudándonos de casa.
Era necesario por cuanto en cada uno terminábamos mal, mi madre timando a la gente quizá por gusto, quizá por necesidad, lo hacía con tanta habilidad que las personas casi nunca se percataban de ello, pero cuando lo hacían o se agotaba el repertorio, nos mudábamos para ir en busca de “nuevos clientes”.
En una ocasión como a los tres años, mi madre me llevó a visitar una mujer que ella decía que era su mejor amiga, pero que en realidad odiaba, al
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cruzar la puerta de entrada cuando la anfitriona nos dio la espalda para mostrarnos la casa, mi madre, me empujó con su cadera de modo que yo trastabillé empujando el jarrón fino que terminó en el piso completamente hecho pedazos, la amiga dio vuelta al escuchar el estruendo, mi madre puso cara de tribulación, y me reprendió, pero su amiga me consoló diciendo que no me preocupara, al dejarnos solos para ir a buscar al personal de servicio, mi madre apenas dio la vuelta, me sonrío, con cara de complicidad yo inmediatamente entendí.
Eran pocas las veces que mi madre me regalaba tiempo, así que me encantaba ser su pequeño cómplice en todas esas travesuras que me hacían sentir muy feliz y a ella le parecía estarme enseñando “cosas importantes”. ─ Samuel, seguía cada vez más y más exhorto recorriendo sus memorias.
─ Yo nací en océano índico, en el barrio rico y estuve en incubadora. En la escuela, en el jardín de niños recuerdo a mis maestras una de ellas se llamaba Estela, recuerdo que jugábamos mucho a pegar sopas en los papeles, y hacer figurillas con plastilina, recuerdo ese día en particular porque dibujamos el sistema solar un domingo por la noche, fue la primera vez que mi madre me ayudó a hacer una tarea porque se me olvidó. A la maestra Estela yo le caía muy mal, su trato hacia mí, era grosero y prepotente, siempre me reprendía, y me reprobó. Fue ahí que me pregunté ¿Cómo te puede caer mal un niño que tiene 7 u 8 años?, mi madre habló con ella, para ofrecerle dinero, pero no sé qué le haya dicho, ella se sentó
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a platicar conmigo, y luego me pegó, pero me sentí bien, me había puesto atención, aunque fuera por unos pocos minutos.
 Eres muy travieso no quieres estudiar. ─ Le decía su madre, mientras prendía la televisión.
La maestra mandaba llamar a mi mamá, y le daba las quejas, mientras yo seguía haciendo los avioncitos no sólo era divertido, sino que al hacerlo podía llamar la atención nuevamente, mi madre se reía, me regañaba mucho, y me decía que iba a la escuela a aprender, pero también me decía abriendo sus grandes ojos ¿le hiciste eso a la maestra? y me respondía que la maestra, era una amargada, y que no le gustaba divertirse.
La maestra Dulce en cambio, me encantaba aprendí muchas cosas con ella, en vacaciones ella me ayudaba en español y matemáticas, ella si me quería esos eran días buenos hasta que hubo el pleito con el maldito ese, y ahí lo corrí por golpear a mi mamá, y él se fue, si no lo iba a matar, atrás había un terreno baldío, y yo quería ayudarla, pero luego mi madre me dejó con unos tíos, a la edad de ocho años, en esos días mi tía estaba enferma y a los pocos días murió, no tenían hijos, así que quedamos el tío y yo.
De mi madre no volví a saber nada, sólo advertí que se había ido con el tipo que la golpeó, yo no me sentí ni bien ni mal, simplemente, ahí me quedé.

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