Capítulo 11

Marissa, había descubierto cómo matar a las personas fácilmente, sin ser detectada… en vida. Ella podía causar daño, pero lo que le era realmente imprescindible era destruir el espíritu. Ignoraba el dolor, dejaba en la oscuridad, desincentivaba a las personas. Luego mantenía a esos muertos secretos sepultados en criptas tan confidenciales, perfectamente numeradas dentro de su propio templo. Su desmedido control, no era otra cosa que un enfermizo intento de obligar a otros a permanecer muertos igual que ella. La caótica infancia que tuvo no era la justificación, simplemente había nacido para eso, era una decisión personal tomada según la construcción de la “consciencia” de sus primeros años. En las realidades de “su” vida, la gente adulta le mentía, las personas daban o tomaban, ayudaban o engañaban. Para ella no había diferencia entre una u otra, simplemente hizo una elección temprana y vivió con ello el resto de su vida. El único fin y filtro que tenía era preguntarse si eso era bueno para ella, sin evaluar en absoluto las consecuencias para los demás. Después de todo, Gobiernos, sociedades, religiones, por doquier hacían lo mismo. Todo era simulación. Cuando descubrimos esto, sin duda encontramos la pieza que nos faltaba para completar el puzzle.
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Cuando Ishiguro conoció a Marissa en el Corporativo Betha City en tierra firme, la primera vez que la vio, le hizo una perforación “diamantina”, con un sistema electro-hidráulico directo al corazón, alcanzó a ver por dentro sus sentimientos, él no tenía escudos protectores, él era bueno, confiaba ciegamente en que los demás también lo serían. ¿Por qué razón habría de pensar lo contrario? ─ Sabes Bill, la mayoría de nosotros no haría lo que hizo Marissa, sólo para evitar cargos de consciencia. Es una cuestión pragmática ─ dijo Corina. ─ Ishiguro a diferencia de Marissa, identificaba sus sentimientos, sabía que, aunque algunos fueran parecidos no lo eran, además tenía la creencia de que de las peores situaciones siempre podía sacar algo bueno, y que podía llegar a acuerdos en que todos salieran ganando. Para Marissa, en cambio no era tan importante ganar, como hacer perder. Para Marissa, decir “te amo” era lo mismo que decir “me da un late macchiato”. El “te amo” iba vacío de sentimiento, en su corazón no había nada, era un túnel obscuro hacia ningún lado. Ishiguro, era feliz, algo que Marissa odiaba. ¿Con qué derecho esa persona se sentía superior a los demás para gozar de una felicidad única y verdadera, o una paz mental especial, o tener en su corazón “amor”?, algo que casi nadie más realmente poseía. ¿Los antropomorfos son “felices”? sí, en apariencia, es decir sólo por simulación, la autoestima es tan frágil, que, con sólo ver a otra persona feliz,
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su autoestima y su felicidad se vienen abajo, aunque uno a menudo pase esas señales de advertencia por alto, se convierten abruptamente en personas fúnebres, sórdidas, envidiosas, con una talentosa y artística mascarada de falsa sonrisa; ante los éxitos de otros, se vienen abajo insondables, su verdadera personalidad sale a flote, y su autoestima se derrumba como una torre de “jenga”. Ella nunca se había tomado el tiempo de desarrollar ningún tipo de sentimiento que tuviera que ver con el amor. ─ Corina hablaba con Bill, a través de la videoconferencia como sintiendo que lo conocía de hace muchos años. ─ Cuando Ishiguro conoció a Marissa, se sintió bien con ella, salieron un par de veces, a comer comida japonesa. Marissa le dijo ─ tienes que usar los palillos. ¿No sabes usarlos? Yo te enseño.  Esto va a ser vergonzoso. ─ Dijo Ishiguro, cuando él, siendo de origen japonés no pudo, eso fue lo más chistoso. Comieron una pasta con camarones, y un vino blanco delicioso. Mientras Marissa lo hacía reír con todas sus ocurrencias, y en esa fraseología absolutista y torcida, que era casi infinita, tenía historias muy interesantes, e hilaba conversaciones con acontecimientos, música, películas, pero curiosamente nunca con recuerdos. Buenas noches ha sido muy divertido. ─ Dijo Marissa. ¿Nos vemos mañana?.
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Claro. Adiós. ─ Respondió Ishiguro. ─ ¿Cuéntame es muy guapa y divertida? ─ Le preguntó Corina a Ishiguro al día siguiente. Él contestó que valía la pena seguir saliendo.  Parece una buena chica, tal vez demasiado buena para ser verdad. ─ Dijo Corina.  Por fin he encontrado una buena chica. Me lo pasé genial anoche.─ Dijo Ishiguro  Quizá salgan pronto ─ Le dijo Corina, siendo un poco curiosa, mientras le entregaba a él los nuevos chips.  Dalo por seguro. ─ Respondió él, mientras le hacía un guiño como era su costumbre y se dirigía al departamento de Robotechkia-K. Corina, quedó entonces sola en el departamento, se sentó en el laboratorio, mientras analizaba unas muestras al microscopio. Se debatía ahora entre hacer públicos los resultados o mantenerlas en secreto, en este momento su mente era un rodamundos uno de esos tumbleweeds de hojarascas o de arbustos completos que se hacen bolita y ruedan por los desiertos.
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Por otro lado, Marissa ya comenzaba a darse cuenta de las implicaciones de la investigación, comenzó a atar los cabos sueltos respecto al proyecto CAÍN y ABEL, y a darse cuenta del verdadero peligro que corría ella, fue tejiendo el motivo por el qué su mentor le había solicitado robar esto, ella comenzó a maquinar cómo obtener las claves. ─ Pero nunca pensamos, que era capaz de tanto. ─ Aclaró Corina. El proyecto CAÍN y ABEL hacía lo que ningún otro proyecto en la historia de la humanidad, explicar porque no funcionaba el mundo, porque no funcionaría nunca, y porque no funcionaban casi todas las demás cosas, incluyendo las relaciones entre las personas, explicaba la razón de las disputas, desde las más domésticas, hasta las guerras, y formulaba varias premisas, el mundo no funcionaba bien, por personas que no estaban operando correctamente. Incluso cuando en el mundo no hubiera carencias, estos seres tenían hambre, pero de otra cosa, poder. Los androides profetizaron el fin de la especie humana debido a este motivo y hasta habían datado la fecha exacta. Cuando el proyecto estuviera completado los antropomorfos, todos ellos, serían detectados con dos simples pruebas tempranas a través de un aparato de ondas cerebrales. Emergería la ciega y la cosecha del día del juicio final que mencionaba la Biblia. Lo que pasó después fue angustioso, aterrador, las evidencias que esperaba estaban por llegar.
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La sobrina de Ishiguro había desaparecido. Marissa tenía otro mundo, todo un cuarto oscuro, al que nunca nadie había entrado. Ishiguro estaba a punto de abrir esa puerta. Corina siguió platicándole a Bill, que Amber acababa de mudarse con su tío para ir a la Universidad. Él se había comprometido consigo mismo a hacer cualquier cosa para protegerla y ayudarla. ─ Estás muy fea, ─ le dijo ese día, bromeando. ─ Pobre de ti con esa carita ─ Le pellizcaba las mejillas. Mientras se servían el jugo y cortaban con el tenedor el delicioso pan francés. ─ Ya no soy una niña.  Le respondió Amber. Cuando Ishiguro era pequeño, sus padres peleaban a menudo, siempre por la misma y única razón, diferencias culturales acerca de ese beso que su madre nunca había querido dar a su padre delante de terceros, no le gustaban las muestras de afecto en sociedad; era parte de la estricta cultura de la que provenía, ella japonesa y el estadounidense. Eso había matado a su madre, le dolió mucho cuando su esposo tuvo ese accidente fatal a la edad de 28 años, jamás se lo perdonó. Ishiguro fue testigo de ese dolor. Desde entonces se había prometido que cuando pudiera resolver algo, que no le costara, y estuviera en sus manos,
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lo haría. No era generosidad (se había convencido a sí mismo), sino lógica elemental y sentido común. Desde entonces se la había pasado siempre ayudando a los demás en todo lo que podía, no quería arrepentirse después de no haberles podido ayudar. La noche anterior Ishiguro la vio conectarse a internet y chatear, hasta muy entrada la noche, Ishiguro pensó que, con su madre, en Japón. Pero hoy, al terminar su café, tomó las llaves y se despidió, emocionada, con mariposas en el estómago, como en el preámbulo de un viaje de vacaciones. Marissa bajó enseguida, hacía ya 4 meses que vivía con Ishiguro, a todos les pareció prematuro, pero la relación se había fortalecido rápidamente Marissa lo había tratado de una manera especial como nunca nadie lo había hecho. ─ Llevo prisa, desayunaré algo en el camino. ─ Dijo Marissa ─ Vale ¿nos vemos para comer?. ─ No lo sé, te marco al rato. Ishiguro y Marissa trabajaban en el Corporativo Betha City, Ishiguro solicitó su cambio a tierra firme para estar al pendiente de los estudios de Amber, aunque él y Marissa trabajaban en edificios opuestos y con agendas diferentes, por lo que acostumbraban ir cada uno en su propio auto. Ishiguro salió una media hora después que Marissa.
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La semana anterior Corina e Ishiguro habían comido juntos en Alpha City, y él le había contado todo lo emocionado que estaba por recibir a Amber. Pero este día, cuando Ishiguro llamó a Alpha City, pidiendo hablar con Corina, Amber llevaba ya cuatro horas desaparecida y todos estaban preocupados, Ishiguro estaba con palidez de muerte. Corina fue trasladada de inmediato a Betha City al corporativo. Mientras Ishiguro estaba siendo entrevistado por el detective, Marissa esperaba fuera en la sala de estar. Sonó el celular de Ishiguro, era un mensaje de texto de su sobrina, en el que le decía que no se preocupara y que no la buscara, que había huido con un chico que había conocido en internet la noche anterior. Al ver esto, el detective dijo que, era una mujer adulta, que podía tomar sus propias decisiones, no había nada que el pudiera hacer al respecto. Ishiguro argumentó con desesperación, que Amber estaba recién llegada de Japón, era su primer día en la Universidad, no conocía a nadie en el vecindario. La intuición le murmuraba impertinente a Corina, muy quedito al oído, que Ishiguro estaba en lo cierto. Sobre todo, considerando que su auto había aparecido a orillas de la carretera, con una llanta pinchada, la puerta aún estaba abierta y sus cosas estaban intactas, a excepción del celular y su cartera que era lo único que había desaparecido.
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Ishiguro no sabía a dónde dirigirse, los bichos del miedo le susurraban en su cabeza y lo hacían caminar de un lado a otro confuso y desorientado. El detective, meticuloso en sus procedimientos, al negarse a ayudarlo, de manera involuntaria, le había publicado un decreto gravoso de pena de muerte, un contenido normativo, que lo obligaba a morir solo, sin paliativo, y a cuenta gotas, el cuerpo de Ishiguro gozaba en ese momento de una prerrogativa especial, por primera vez en mucho tiempo se le daba permiso de temblar sin control. Mientras la iban buscando, Ishiguro le escribió insistente, pero sólo recibió una respuesta más tarde, misma, que no era de Amber, esas frases no eran suyas, era como si la hubieran querido pintar de otro color. Así que pensó en regresar a su casa, y revisar la cuenta de Facebook, había algunos mensajes escritos, que habían salido de su computadora, por la noche. En efecto parecía que Amber había estado chateando con alguien desconocido. Fueron por la carretera de un lado a otro, varias veces, cada uno en su propio auto, por diferentes rutas, muchos amigos y compañeros se unieron a la búsqueda y se dividieron como la savia al recorrer las angiospermas en las hojas de una planta, pero no encontraron nada. Más tarde Marissa, Ishiguro y Corina, recorrieron la autopista a pie como peregrinos en procesión, con mucha fe, revisando cada arbusto, cada huella de zapato, manchas, preguntándole a cada persona, hasta que se dieron cuenta que, el mundo era tan relativo como el tiempo, unas veces el vecindario parecía tan pequeño y otras tan grande.
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Ishiguro y Corina fueron los primeros en encontrase, compartieron sus observaciones y dieron por hecho que Marissa continuaba buscando en la carretera. Él intentaba llamar a Marissa, pero el celular estaba apagado, lo cual era desesperante, finalmente se encontraron todos. Ishiguro no podía hablar, estaba en trance, en su cabeza todo era una procesión de pensamientos angustiantes. Corina no lo presionaba, Ishiguro era la compuerta de una presa a punto de quebrar. Nadie puede desaparecer así, como si se lo tragara la tierra. ─ Le dijo finalmente Corina, como queriendo conversar con él para liberarlo de un tormento invisible. Ishiguro fue menguando como un soldado herido y cansado de luchar en una guerra sin cuartel y sin sentido, se le notaba que se le atoraban las emociones. Se le fueron agolpando, poco a poco las derrotas y batallas que no había podido vencer durante toda su vida, de pronto estaba dentro de todo el andamiaje de construcciones personales buscando a Amber. Ishiguro, no podía hablar en ese momento, no le importaba nada, no percibía ni el frío, ni el hambre, ni las corrientes heladas, ni las bajas temperaturas que comenzaban a sentirse, estaba simplemente incólume, entró en una especie de estado catatónico en el que la mente quiere, pero el cuerpo no puede, una fuerza invisible se lo impedía, Corina sentía que debía ser muy cautelosa.
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Permaneció callada, mientras Marissa estaba sentada en su auto, mirándolos con el rabillo del ojo, cabizbaja y con la puerta abierta, pasaron muchos minutos, no se atrevían a moverlo, ni a hablar, ni a decir nada. Ishiguro, sabía que la mayoría de las personas en el mundo eran buenas, pero también había algunas personas poseídas por demonios, personas malvadas como monstruos, no eran muchas lo sabía, pero con uno solo de ellos que tuviera ideas parásitas y se cruzara en su camino bastaba, y la mala suerte de encontrase a uno de esos espíritus malvados le podía tocar a cualquiera. Él cavaba como animal en una madriguera buscando algún dato que se le hubiera podido escapar. Corina y Marissa, obligaron luego a esa astenia, y lo llevaron casi arrastrando a su casa, él no quería moverse, lo hacía con lentitud desesperante, era como si sus piernas estuvieran en un pantano, enraizadas, amarradas con las raíces petrificadas de otras plantas, en el suelo negro y lodoso de un estero pegajoso. Después de dejarlo en su casa, Corina se dispuso a recorrer nuevamente el camino, comenzó a mirar detalles que nunca había percibido. Sabía que en efecto había plantas mordaces creciendo como enredaderas, plantas con tallos tan cortos, que no entenderían a las flores, temía por la integridad de Amber. Los siguientes dos días fueron un infierno para Ishiguro, entre ratos de desesperación, llamadas perdidas iban y venían, mientras se mezclaban con intervalos de constantes pensamientos.

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